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5071[Cita] El sueno de Orson F. Whitney

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  • Ernesto Pele
    22 dic 2017

      Cuando era un joven misionero, el élder Orson F. Whitney (1855–1931), que más tarde prestó servicio en el Quórum de los Doce Apóstoles, tuvo un sueño tan intenso que cambió su vida para siempre. Más adelante escribió lo siguiente:

      “Una noche soñé… que me hallaba en el huerto de Getsemaní, presenciando la agonía del Salvador… Me hallaba detrás de un árbol, en primer plano. Jesús, en compañía de Pedro, Santiago y Juan, pasó por una pequeña portezuela situada a mi derecha, y luego de dejar a los tres apóstoles allí y después de decirles que se arrodillaran y oraran, Él se fue hacia el otro lado, donde también se arrodilló y oró:‘…Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú’.

      “Mientras oraba, las lágrimas le bañaban el rostro, que se hallaba en dirección a mí. Tanto me conmovió lo que estaba presenciando, que también lloré, movido por la lástima que en mí provocaba Su gran pesar. Todo mi corazón estaba con Él. Lo amaba con toda mi alma y anhelaba estar con Él como jamás he deseado nada en mi vida.

      “Poco después se levantó y caminó hasta donde los apóstoles estaban arrodillados… ¡y dormidos! Los sacudió con dulzura, los despertó y, con un tono de tierno reproche, totalmente desprovisto de la menor intención de ira o reprimenda, les preguntó si acaso no podían velar con Él al menos una hora…

      “Regresó a su sitio, oró de nuevo y volvió para encontrarlos nuevamente dormidos. Una vez más los despertó, los amonestó y volvió a orar como había hecho antes. Eso sucedió en tres ocasiones, hasta que me familiaricé perfectamente con Su apariencia, Su rostro, Su forma y Sus movimientos. Era de estatura noble y porte majestuoso… como el Dios que fue y es, pero a la vez manso y humilde como un niño.

      “De repente, la situación pareció cambiar… ahora, ya había tenido lugar la Crucifixión y el Salvador, junto con esos tres apóstoles, se encontraban, en grupo, a mi izquierda. Estaban a punto de partir y de ascender al cielo. Ya no pude soportarlo más; salí corriendo de detrás del árbol, caí a Sus pies, me abracé a Sus rodillas y le supliqué que me llevara con Él.

      “Jamás olvidaré la forma tierna y bondadosa en que se inclinó, me levantó y me abrazó. Era tan vívido, tan real, que pude sentir el calor de Su pecho, contra el cual tenía recostada la cabeza. Entonces me dijo: ‘No, hijo mío; ellos han terminado su obra y pueden acompañarme, pero tú debes quedarte y terminar la tuya’. Aún me hallaba abrazado a Él y, con la mirada elevada hacia Su rostro —pues era más alto que yo—, le supliqué de todo corazón: ‘Al menos prométeme que al final iré contigo’. Sonrió dulce y tiernamente y dijo: ‘Eso dependerá totalmente de ti’. Desperté con un sollozo en la garganta, y ya había amanecido.”
      (citado en Jeffrey R. Holland, "La expiación de Jesucristo", Liahona, marzo de 2008.
      https://www.lds.org/liahona/2008/03/the-atonement-of-jesus-christ?lang=spa
      Véase también “La divinidad de Jesucristo”, Liahona, diciembre de 2003, pág. 16.)