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Video y traduccion al castellano del discurso mas importante del siglo XX

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  • Cesar Vasquez Bazan
    Vídeo en: CESAR VASQUEZ - PERU: ECONOMIA Y POLITICA http://cavb.blogspot.com/   Yo tengo un sueño de igualdad y libertad verdadera para los negros.- Martin
    Mensaje 1 de 1 , 16 ene 2012
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      Yo tengo un sueño de igualdad y libertad verdadera para los negros
      Martin Luther King, Jr.
      Discurso frente al monumento a Abraham Lincoln
      Washington, Distrito de Columbia, EE. UU., 28 de agosto de 1963



      Estoy muy contento de reunirme con ustedes hoy, en la que será ante la historia la mayor manifestación por la libertad en la historia de nuestra nación.

      Hace cien años, un gran estadounidense, cuya simbólica sombra nos cobija hoy, firmó la Proclama de la Emancipación. Este trascendental decreto significó como un gran rayo de luz y de esperanza para millones de esclavos negros, chamuscados en las llamas de una marchita injusticia. Llegó como un precioso amanecer al final de una larga noche de cautiverio.

      Pero, cien años después, el negro aún no es libre; cien años después, la vida del negro es aún tristemente lacerada por las esposas de la segregación y las cadenas de la discriminación; cien años después, el negro vive en una isla solitaria de pobreza en medio de un inmenso océano de prosperidad material; cien años después, el negro todavía languidece en las esquinas de la sociedad estadounidense y se encuentra desterrado en su propia tierra.

      Por eso, hoy hemos venido aquí a dramatizar una condición vergonzosa. En cierto sentido, hemos venido a la capital de nuestro país, a cobrar un cheque. Cuando los arquitectos de nuestra república escribieron las magníficas palabras de la Constitución y de la Declaración de Independencia, firmaron un pagaré del que todo estadounidense habría de ser heredero. Este documento era la promesa de que a todos los hombres – sí, hombres blancos y hombres negros– les serían garantizados los inalienables derechos a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.

      Es obvio hoy en día, que Estados Unidos ha incumplido ese pagaré en lo que concierne a sus ciudadanos de color. En lugar de honrar esta sagrada obligación, Estados Unidos ha dado al pueblo negro un cheque sin fondos; un cheque que ha sido devuelto con el sello de “fondos insuficientes”. Pero nos rehusamos a creer que el Banco de la Justicia haya quebrado. Rehusamos creer que no haya suficientes fondos en las grandes bóvedas de la oportunidad de este país. Por eso hemos venido a cobrar este cheque; el cheque que nos colmará de las riquezas de la libertad y de la seguridad de justicia.

      También hemos venido a este lugar sagrado, para recordar a Estados Unidos la urgencia impetuosa del ahora. Este no es el momento de tener el lujo de enfriarse o de tomar la medicina tranquilizante del gradualismo. Ahora es el momento, de hacer realidad las promesas de democracia. Ahora es el momento, de salir del oscuro y desolado valle de la segregación hacia el camino soleado de la justicia racial. Ahora es el momento de sacar a nuestro país de las arenas movedizas de la injusticia racial hacia la roca sólida de la hermandad. Ahora es el momento, de hacer de la justicia una realidad para todos los hijos de Dios.

      Sería fatal para la nación pasar por alto la urgencia del momento y no darle la importancia a la decisión de los negros. Este verano, ardiente por el legítimo descontento de los negros, no pasará hasta que no haya un otoño vigorizante de libertad e igualdad.

      1963 no es un fin, sino el principio. Y quienes tenían la esperanza de que los negros necesitaban desahogarse y ya se sentirá contentos, tendrán un rudo despertar si el país retorna a lo mismo de siempre. No habrá ni descanso ni tranquilidad en Estados Unidos hasta que a los negros se les garanticen sus derechos de ciudadanía. Los remolinos de la rebelión continuarán sacudiendo los cimientos de nuestra nación hasta que surja el esplendoroso día de la justicia. 


      Pero hay algo que debo decir a mi gente, que aguarda en el cálido umbral que conduce al palacio de la justicia. Debemos evitar cometer actos injustos en el proceso de obtener el lugar que por derecho nos corresponde. No busquemos satisfacer nuestra sed de libertad bebiendo de la copa de la amargura y el odio. Debemos conducir para siempre nuestra lucha por el camino elevado de la dignidad y la disciplina. No debemos permitir que nuestra protesta creativa degenere en violencia física. Una y otra vez, debemos elevarnos a las majestuosas alturas donde se encuentre la fuerza física con la fuerza del alma. La maravillosa nueva militancia que ha envuelto a la comunidad negra, no debe conducirnos a la desconfianza de toda la gente blanca, porque muchos de nuestros hermanos blancos, como lo evidencia su presencia aquí hoy, han llegado a comprender que su destino está unido al nuestro y su libertad está inextricablemente ligada a la nuestra. No podemos caminar solos. Y al caminar, debemos hacer la promesa de marchar siempre hacia adelante. No podemos volver atrás.

      Hay quienes preguntan a los partidarios de los derechos civiles, “¿Cuándo quedarán satisfechos?”

      Nunca podremos quedar satisfechos mientras los negros sean víctimas de los horrores inenarrables de la brutalidad policial. Nunca podremos quedar satisfechos, mientras nuestros cuerpos, fatigados de tanto viajar, no puedan obtener alojamiento en los moteles de las carreteras y en los hoteles de las ciudades. No podremos quedar satisfechos, mientras la movilidad básica de los negros sea sólo para trasladarse de un gueto pequeño a un gueto más grande. No podremos quedar satisfechos, cuando nuestros hijos son despojados de su personalidad y robados de su dignidad por avisos que indican “sólo para blancos”. Nunca podremos quedar satisfechos, mientras un negro de Misisipí no pueda votar y un negro de Nueva York considere que no hay nada por qué votar. No, no estamos satisfechos y no quedaremos satisfechos hasta que “la justicia fluya como el agua y la rectitud como una poderosa corriente”.

      Sé que algunos de ustedes han venido hasta aquí tras enfrentar grandes pruebas y tribulaciones. Algunos han llegado recién salidos de angostas celdas. Algunos de ustedes han llegado de sitios donde en su búsqueda de la libertad, han sido golpeados por las tormentas de la persecución y derribados por los vientos de la brutalidad policial. Ustedes son los veteranos del sufrimiento creativo. Continúen trabajando con la convicción de que el sufrimiento que no es merecido, es emancipador.

      Regresen a Misisipí, regresen a Alabama, regresen a Carolina del Sur, regresen a Georgia, regresen a Luisiana, regresen a los barriadas y a los guetos de nuestras ciudades del Norte, sabiendo que de alguna manera esta situación puede y será cambiada. No nos confundamos en el valle de la desesperanza.

      Hoy les digo a ustedes, amigos míos, que a pesar de las dificultades de hoy y de mañana, yo aún tengo un sueño. Es un sueño profundamente arraigado en el sueño americano.

      Yo tengo un sueño, que un día esta nación se levantará y vivirá el verdadero significado de su credo: “Afirmamos que estas verdades son evidentes: que todos los hombres son creados iguales”.

      Yo tengo un sueño, que un día en las rojas colinas de Georgia, los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos dueños de esclavos, se puedan sentar juntos a la mesa de la hermandad.

      Yo tengo un sueño, que un día, incluso el estado de Misisipí, un estado que se sofoca con el calor de la injusticia y de la opresión, se convertirá en un oasis de libertad y justicia.

      Yo tengo un sueño, que mis cuatro pequeños hijos vivirán un día en un país en el cual no serán juzgados por el color de su piel, sino por el contenido de su personalidad.

      ¡Yo tengo un sueño hoy día!

      Yo tengo un sueño que un día, allá en Alabama con su racista vicioso, con su gobernador escupiendo frases de interposición entre las razas y anulación, se convierta en un sitio donde los niños y niñas negras, puedan unir sus manos con las de los niños y niñas blancas y caminar unidos, como hermanos y hermanas.

      ¡Yo tengo un sueño hoy día!

      Yo tengo un sueño que algún día los valles serán cumbres, y las colinas y montañas serán llanos, los sitios más escarpados serán nivelados y los torcidos serán enderezados, y la gloria de Dios será revelada, y se unirá todo el género humano.

      Ésta es nuestra esperanza. Ésta es la fe con la cual regreso al Sur. Con esta fe podremos esculpir de la montaña de la desesperanza una piedra de esperanza. Con esta fe, podremos trasformar el sonido discordante de nuestra nación, en una hermosa sinfonía de hermandad. Con esta fe, podremos trabajar juntos, rezar juntos, luchar juntos, ir a la cárcel juntos, defender la libertad juntos, sabiendo que un día seremos libres.

      Ese será el día cuando todos los hijos de Dios podrán cantar el himno con un nuevo significado, “Mi país es tuyo. Dulce tierra de libertad, a tí te canto. Tierra de libertad donde mis antecesores murieron, tierra orgullo de los peregrinos, de cada costado de la montaña, que repique la libertad”. Y si Estados Unidos ha de ser grande, esto tendrá que hacerse realidad.

      Por eso, ¡qué repique la libertad desde la cúspide de los montes prodigiosos de Nueva Hampshire! ¡Qué repique la libertad desde las poderosas montañas de Nueva York! ¡Qué repique la libertad desde las alturas de las Alleghenies de Pensilvania! ¡Qué repique la libertad desde las Montañas Rocosas cubiertas de nieve en Colorado! ¡Qué repique la libertad desde las sinuosas pendientes de California! Pero no sólo eso: ¡Qué repique la libertad desde Stone Mountain de Georgia! ¡Qué repique la libertad desde Lookout Mountain de Tennessee! ¡Qué repique la libertad desde cada pequeña colina y montaña de Misisipí! “¡De cada lado de la montaña, que repique la libertad!"

      Y cuando repique la libertad y la dejemos repicar en cada villa y en cada pueblo, en cada estado y en cada ciudad, podremos acelerar la llegada del día cuando todos los hijos de Dios, negros y blancos, judíos y gentiles, protestantes y católicos, puedan unir sus manos y entonar las palabras del viejo canto espiritual negro: “¡Libres al fin! ¡Libres al fin! Gracias a Dios omnipotente, ¡somos libres al fin!”
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