¿Qué es, a fin de cuentas, la espiritualidad?
Quest/CLF, Marzo de 2001
Por Peter Morales, ministro de la Iglesia Unitaria Jefferson de Golden, Colorado
Hace
algunos años, recuerdo haberme quedado luego del servicio dominical
para una reunión informal con otras personas que querían saber más
sobre la iglesia. Habíamos asistido algunas veces, y teníamos la
suficiente curiosidad como para querer saber más sobre esta iglesia unitaria universalista
en Oregon. Luego de la hora del café, nos dirigimos a la Sala de la
Chimenea, justo afuera del santuario. La rara distribución de las
sillas gastadas tenía más la forma de un frijol que de un círculo. El
ministro estaba ahí, y también el coordinador del comité de membresía.
Éramos unos 6 u 8 los visitantes y llevábamos tazas de te o café. Al
dar inicio la conversación, una mujer del comité de membresía nos
invitó a que cada uno de nosotros dijéramos quiénes éramos y
compartiéramos algo sobre nuestra jornada espiritual personal.
"¿Nuestra qué?", pensé para mí mismo. ¿Jornada espiritual? ¿Qué
carambas significa eso? Por fortuna, algún extrovertido animado se
apuntó enseguida y contó algo familiar sobre su estrecha crianza
religiosa temprana, sobre su rechazo del dogma al crecer, y así
sucesivamente. Para cuando me tocó mi turno recuerdo haber murmurado
algo similar. No me gustaba ser el centro de la atención. Hablé
brevemente sobre mi entrenamiento religioso temprano y cómo mi vida
adulta había discurrido lejos de las garras de la religión organizada.
Todo
era verdad, y todo era una mentira. Me di cuente de cómo esa historia,
aunque precisa en cuanto a los hechos, revelaba poco sobre quién soy,
sobre cómo me veo en relación al cosmos asombroso que habitamos, sobre
las cosas que me hacen reír o que me llevan a las lágrimas. Mi historia
es mañana no decía nada sobre las experiencias religiosas que me han
transformado fundamentalmente. No dije nada sobre lo que tengo por
sagrado, sobre aquello por lo que estoy dispuesto a vivir, e incluso
sacrificarme.
Pero entonces, ¿qué experiencias son parte de mi
jornada espiritual? ¿Qué experiencias no lo son? ¿Qué hace más probable
que experimentemos como espiritual escuchar el Requiem de Mozart que la
música de fondo que ponen en Wal-Mart y otras así? ¿Qué hace que un
retiro religioso sea más sagrado que quedarse atorado en el tráfico?
¿Qué hace que leer poesía sea más santo que buscar el teléfono del
dentista en las páginas amarillas? ¿Puede el baile ser una experiencia
espiritual? ¿Y la pintura, la jardinería, hacer el amor? ¿Y qué hay con
escribir código de computadora? ¿Y escribir una carta? ¿Y cocinar la
cena? ¿Y comerse un durazno? ¿Qué hace que una experiencia sea
espiritual, en qué consiste? ¿Acaso hay experiencias espirituales
reales, y otras falsas? La semana pasada alguien dejó una carta de
siete páginas a renglón seguido aquí en mi casillero de la oficina. No
estaba firmada, excepto por una nota manuscrita pegada afuera que decía
"Regresé". La carta hablaba, entre otras cosas, de una experiencia
"espiritual", de la experiencia de 'canalizar' a Jesús ['Canalizar'
es el proceso por medio del cual un individuo (el 'canalizador') afirma
haber sido invadido por una entidad espiritual que hablaría a través
del 'canalizador'. N del T]. Luego hablaba de las maldades de
los antiguos faraones y sus modernos descendientes, de los sólidos
platónicos, y de que el cielo podría alcanzarse a través de un vértice
en la Nebulosa de Orión. Quien eso escribió parece sentir una profunda
conexión con Dios y con la Verdad. Veo ahí la evidencia de una mente
perturbada y confusa. La carta me recordó otras cartas preocupantes que
recibí, de vez en vez, cuando trabajé como editor de un periódico.
También me recordó las docenas de almas que he visto gritar sus
mensajes religiosos a transeúntes indiferentes. ¿Son espirituales sus
experiencias? Me estremece pensar en esas jornadas. Pienso en la joven
que visité en el pabellón siquiátrico. durante mis prácticas como
capellán. Ella estaba segura de que Dios le decía que se matara.
Escuchaba la voz de Dios claramente. Podía citar la escritura. Aunque,
tristemente, pertenecía a una congregación en la que el 'líder
espiritual' le dijo que no necesitaba tomar sus medicamentos.
Esta no es una cuestión trivial, especialmente para una comunidad religiosa.
Uno de nuestros siete principios, el tercero, habla del "estimulo para el crecimiento espiritual en nuestras congregaciones" ¿Cómo decidimos lo que nos conduce hacia tal crecimiento? ¿Cómo saber si hemos crecido espiritualmente? ¿Puede
alguien encoger la espiritualidad? Visita cualquier librería.
Necesitarás un camión para llevarte a casa cada libro de
espiritualidad. Es un gran negocio. En nuestras propias iglesias
tenemos a quienes quieren más espiritualidad, y a quienes se sienten
perturbados por lo que piensan que esto pueda significar. Hay una gran
confusión a este respecto. En este sermón quiero presentar mi propia
visión de todo esto. He de admitir, de entrada, que llego al tema de la
espiritualidad con una combinación de la curiosidad ansiosa del
buscador con la cautela del escéptico. Creo que la religión debe ser
algo más que sólo estar en lo correcto. La religión y la espiritualidad
no son búsquedas fundamentalmente intelectuales. Estoy convencido de
que un sentido de reverencia respetuosa, misterio, belleza, e
intensidad es central para la vida religiosa. Hay algo en nosotros que
anhela una experiencia transformadora, de serenidad, de gozo profundo
que proviene de la conexión con algo sagrado, algo mucho más allá que
lo mundano y lo pequeño. Es posible reprimir y negar ese anhelo, pero
no puede ser eliminado.
Al reflexionar sobre mi propia
individualidad, pienso en mi más profundo y más perdurable sentido de
quién soy y cómo esta parte profunda de mí mismo, mi YO real,
se relaciona con el mundo. Para mí la espiritualidad es más que un
sentimiento o una opinión. Debido a esto es endemoniadamente difícil
ponerlo en palabras. Las palabras ocupan una parte demasiado pequeña de
nuestros cerebros como para jamás expresar plenamente la compleción, la
integración, que está en el núcleo de lo que llamo espiritualidad.
Desde luego, la palabra es desdichadamente inadecuada. Lo que llamo
espiritualidad implica todo lo que soy —mi corazón, mi cabeza, mi
cuerpo, mi atención. Hay una integridad y armonía maravillosa que tiene
que ver con este estado que llamo espiritual. Hay una dulce serenidad,
un sentido de pertenencia, de entrega, de claridad, de alegría, de paz,
de estar vivos (la raíz de la palabra espiritual es, después de todo,
la misma palabra para aliento o soplo). Una espiritualidad digna de ese
nombre implica una conciencia profunda. Es ese sentido de apertura
profunda y de despertar en la tradición budista. Una espiritualidad
verdadera también implica todo lo que somos. Incluye nuestro intelecto,
nuestras emociones, nuestros sentidos. Es el estremecimiento agridulce
de una noche invernal límpida, de un ocaso amarillo, del aire salado en
la playa. Es quedarse contemplando los cielos, poseídos por un temor
reverente. Es la música que pasa sobre nosotros, una música que
sentimos, tanto como la escuchamos. Es cantar juntos. Es el abrazo de
amante, es el apretón de una mano infantil. Es el sabor del agua de
montaña, del vino, del chocolate. La espiritualidad es sensual. La
espiritualidad también es una elegante prueba matemática, el nuevo
entendimiento ganado en un experimento científico. Es el grito de gozo
en una reunión, reír en compañía de buenos amigos, estar presente en el
nacimiento y en la muerte. Es sentirse amado y ser amorosos.
Finalmente,
mi espiritualidad es mi estar plenamente vivo. No es mi vida
espiritual, es mi vida. Toda ella. Es tu vida, toda ella. Toda reunida
de manera que todas las piezas embonen finalmente. Puesto que el
lenguaje es inherentemente inadecuado para expresar esta experiencia,
tú y yo probablemente escogeremos palabras diferentes. Sospecho, sin
embargo, que al hablar de espiritualidad hablamos del mismo
sentimiento, del sentido de estar plenamente vivos, plenamente
concientes, y plenamente vinculados. Es un sentido de SÍ, de un anhelo
de gritar enfáticamente "sí" a la vida, de dar y recibir amor, de
pertenencia, de conocer de una manera directa e intuitiva.
Mientras
que es imposible describir lo que llamo una espiritualidad verdadera,
creo que es más fácil describir lo que no es la espiritualidad. Para
mí, la espiritualidad no es sobrenatural. Desde luego, para mí, lo
sobrenatural abarata lo natural, crea una oposición que contradice mi
sentido de lo espiritual. Una verdadera espiritualidad no me pide negar
una parte de lo que soy. No me pide dar la espalda a todo lo que
nuestra especie ha aprendido en los últimos miles de años. Una
espiritualidad verdadera no se echa para atrás ante los descubrimientos
del ADN y lo que hemos visto a través del Telescopio Espacial Hubble;
se regocija con lo que la ciencia enseña y anhela aprender más. La
espiritualidad no me pide creer lo increíble, no me pide la amputación
de una parte de mí mismo como precio de admisión. Este es el problema
con los dogmas de demasiadas fes, piden a la gente que sólo traiga
consigo una parte de sí mismos. De manera similar, mi espiritualidad no
puede separarse de mi cuerpo. No puedo aceptar la noción de un 'reino
espiritual'. No creo que la espiritualidad implique una experiencia
extracorpórea. Justo lo opuesto, una espiritualidad verdadera incluye a
mi cuerpo y no descarta ni degrada lo físico. Quiero llevar a mi cuerpo
conmigo a lo largo de mi jornada espiritual. Y, lo subrayo e insisto:
la espiritualidad no es una autoindulgencia narcicista, ni ocuparse
sólo de uno mismo. No es un escapismo. Nuestra vida espiritual no es
una vacación emocional de escapada en la que nos marcháramos o nos
desentendiéramos de nuestras vidas.
La espiritualidad, creo yo,
debería ser lo opuesto al escape. Esta es la enseñanza de todas las
grandes tradiciones religiosas. El crecimiento espiritual proviene de
un encuentro profundo y honesto con la realidad y con lo que realmente
importa. En ese sentido, la espiritualidad simultánemamente nos
consuela y nos desafía. Nuestra más profunda conciencia de quiénes
somos y de lo que de verdad importa nos impone algunas exigencias.
Afecta todo lo que hacemos.
Nuestro tercer principio declara que
deseamos promover el crecimiento espiritual. ¿Cómo hemos de hacer eso?
¿Debería iniciarme en una práctica de meditación? ¿Debería tomar algún
curso de lectura de escrituras sagradas? ¿Debería unirme a un grupo de
apoyo? ¿Debería trabajar junto con otros por la justicia y la
compasión? Creo que necesitamos diferentes prácticas y que cada uno de
nosotros necesitamos diferentes prácticas en diferentes momentos de
nuestras vidas. En mi propia vida, la disciplina de aprender y pensar
fue liberadora cuando era joven. Me liberó de los grilletes de la
negación dogmática y supersticiosa del fundamentalismo. Fui bueno en
las tareas académicas, por lo que la palabra y el intelecto se
convirtieron para mí en un lugar cómodo.
Pero lo que una vez fue
una fuente de liberación puede convertirse en una nueva prisión. Para
cada uno de nosotros las fortalezas pueden fácilmente convertirse en
debilidades. En mi propia vida he necesitado ir más allá de lo
cognitivo, más allá de lo intelectual. No tanto, espero, como para
abandonar los dones y los gozos del aprendizaje, sino para buscar algún
equilibrio. Encuentro renovación en actividades que no son verbales:
caminatas que refrescan mi sentido de la belleza natural, la música que
me lleva en una jornada de armonía y pasión, el ritual de preparar una
cena para mi familia. Pero tú y yo estamos en lugares diferentes y
necesitamos diferentes cosas para ayudarnos a crecer y fortalecernos.
Algunos de ustedes viven solos y ansían más contacto humano, ansían el
placer de las palabras que comuniquen realmente, para conversar con
amigos.
Muy en lo profundo, cuando estamos en calma y somos
honestos, claros y abiertos, tú y yo sabemos que necesitamos una
práctica religiosa. Lo sabemos porque tenemos anhelos. Debemos ponernos
en contacto con los anhelos en nuestros corazones y escuchar a estos
anhelos. Ese sentido de que falta algo, de lo que anhelamos llegar a
ser, es un sabio guía espiritual. Debemos aprender a escuchar esa
tranquila vocecilla que nos llama a ir adelante.
Jesús que
podemos conocer un árbol por sus frutos: un buen árbol produce buenos
frutos. Si moramos a Jesús, al buda, a Mahoma, a Gandhi, a Martin
Luther King, a Susan B. Anthony, a Thich Nhat Hahn,
vemos un patrón. Una espiritualidad profunda no nos aleja del mundo;
nos ayuda a implicarnos en el mundo. La espiritualidad tiene sus
frutos. Si mi práctica espiritual me conduce a una vida de de ver
telenovelas, ingerir comida chatarra, y preocuparme por la vida amorosa
de la gente de Hollywood, tal vez necesite una nueva práctica. Si mi
práctica espiritual no me cambia, necesito una nueva práctica. No
podemos separar la vida espiritual profunda de lo que hacemos todos los
días, de quiénes somos, de como nos tratamos los unos a los otros, de
cómo tratamos a los colegas en el trabajo o en la escuela.
Sugiero
que mi espiritualidad, mi crecimiento espiritual, no puede medirse por
cuánto puedo quedarme meditando sentado en un cojín. La meditación en
posición sentada es una práctica que puede obrar maravillas. Pero no
cambia por sí misma la forma en que conduzco el resto de mi vida, es el
equivalente moral y espiritual de jugar solitario. Hay una vinculación
profunda, debe haber una vinculación profunda, entre nuestra
espiritualidad y la manera en que nos movemos en el mundo. Nuestra
religión debería surgir naturalmente de nuestra más profunda
experiencia, de nuestro más profundo sentido de lo que es sagrado y
bueno en la vida.
Esto es lo que quise decir cuando sugerí antes
que la experiencia espiritual puede resultar perturbadora, incluso
aterradora. Una verdadera espiritualidad resulta naturalmente de echar
una mirada a toadas nuestras vidas, a todo lo que hacemos. La
espiritualidad no es un estilo de vida; implica imaginar lo que la vida
puede ser y luego permitir que esa visión guíe toda nuestra vida. En el
mejor de los casos, nos convertimos en nuestra espiritualidad. Nuestras
vidas son expresiones de nuestro crecimiento espiritual.
Tal vez
la pregunta, '¿Qué es la espiritualidad?' sea la pregunta equivocada.
He llegado a creer que la espiritualidad no es un 'qué'. Es más un
'cómo'. La espiritualidad tiene que ver con cómo percibo, cómo siento,
y cómo actúo. Tiene que ver con la calidad de mi vida, de tu vida, y de
nuestras vidas juntos.