Tegucigalpa: El Fin de la Razón
J. A. Calzadilla Arreaza
4 julio 2009
Uno podría
hacer, a partir de los hechos perpetrados en Honduras durante la semana
del 28
de junio al 3 de julio, una interpretación escalofriante:
El Capital
planetario y sus poderes fácticos han derrocado a la Razón mediante la
fuerza
bruta. O, más exactamente, mediante las formas de fuerza más
tecnificadas que
haya conocido el mundo.
La Fuerza
se ha hecho Razón en sí misma. Sobre aquella antigua Razón humanista
que
colocaba a los hombres en el centro de sus intereses como fin supremo
—que
confiaba en la existencia de una comunidad racional, incesantemente
ampliada,
en los valores y nociones comunes que hacían de suelo al diálogo donde
las
partes se concordaban en un consenso necesario ante los “males
mayoresâ€, siendo
el mayor de los males el final de la Razón, es decir, la irracionalidad
humana— el golpe de
Honduras ha impuesto una nueva forma de Barbarie, una tecno-barbarie
militar y
mediática.
La Razón derrocada,
con sus valores y sus altos conceptos, sus debates, sus consensos y sus
mayorías, ha quedado neutralizada en la acción, maniatada por sus
propios
principios.
Ahora la Razón ha sido
reducida a un
simple léxico fragmentario, unos vestigios arqueológicos formales y
retóricos.
Se sigue empleando los mismos términos: Democracia, Libertad, Paz,
Justicia,
etc., pero vaciados semánticamente, y se machacan otros, que van
opacando a los
clásicos, como Seguridad, Propiedad…, inyectados con nuevos contenidos
intensos. El simbólico campo de la Política se convierte entonces en el
escenario televisable
para las performances cínicas de unos actores cada vez peores.
La Fuerza
impone a su guisa los nuevos contenidos a una masa de cerebros neutros
que se
mueven al ritmo de los axiomas arbitrarios que les suministra una
mediática
insistente, embrutecedora.
Ya no
importa la Verdad,
en su antiguo sentido. Ahora la verdad es la complicidad entre lo que
dicen los
medios y lo que impone la fuerza. La evidencia material y sensible que
podría
cuestionar las ecuaciones veritativas (verdades fabricadas al unísono
por el
ocultamiento y el engaño mediático y por la violencia militar desnuda)
de esta
neo-barbarie es anulada en la percepción de los nuevos sujetos (sujetos
de
obediencia y de control) por una inmensa alucinación radioeléctrica
donde la
arbitrariedad es vista como necesidad, la violencia como efecto
colateral
insensible.
Ya los
valores de la Lógica
no dependen de la correlación estricta entre unos hechos y unas
proposiciones,
y de unas proposiciones ciertas entre ellas mismas. Las conclusiones se
imponen
por la fuerza bruta y se enuncian hasta el embotamiento por los medios:
2 + 2 =
5.
Goriletti
se asoma al balcón y clama: “Esto no es un golpeâ€.
Los
autómatas mentales, como un pueblo de zombis, repiten con sus almas
vacías:
“Esto no es
un golpeâ€
“Esto es
Democraciaâ€
“Esto es
Justiciaâ€
“Esto es
Pazâ€
Con el fin
de la Razón
ya
no es necesario el pensamiento. Basta con que se repitan y se engranen
los
axiomas esquizoides de los aparatos mediáticos. Qué importa que lo
vociferado
signifique, según la antigua Razón derrocada:
“El golpe
es buenoâ€
“La Democracia es
malaâ€
“¡Viva la Fuerza!â€
“¡Viva la Muerte!â€
Dentro de
esta interpretación orwelliana y novelesca, ¿sería aún posible
figurarse, para
quienes conservamos la ilusión de la Razón y el entendimiento, una hora de la Verdad, que no sea
la hora
actual de la Fuerza?