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Vanesa, las muertas de Juárez y la industria post   Lista de mensajes  
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El caso de la muchacha argentina (Vanesa Martínez) desaparecida en plena Zona Rosa de la Ciudad de México, proporciona, de manera inesperada, la solución al enigma que se esconde tras las muertas de Juárez...
 
Por mucho que el corresponsal Alejandro Pairon (Reforma) intente en su entrega de hoy derivar el reportaje al clásico terreno freudiano de la violación por el padre y el hermano mayor o a un chisme de ínfima categoría relacionado con la  participación de Vanesa en las orgías de Diego Armando, el hecho central salió a colación, quizá de manera "inconsciente", cuando el productor de cine porno Víctor Maytland, que dirigió a Vanesa en varios de sus filmes, expresó respecto al caso. "Me sorprende --dijo--, porque acá entre la chicas hay como una fábula, como un miedo que se teje sobre lo que les pasa a las chicas en México, seguro por los casos de Ciudad Juárez".
 
La respuesta sobre las muertas de Juárez irá brotando paso a paso en el seguimiento de la suerte de la argentina, desaparecida mientras hacía trabajo de prostituta en el hotel Royal Club de la Zona Rosa, en el Distrito Federal.
 
Veremos que las historias relacionadas con los cazamaryboquitas (Sergio Andrade remember) terminan en los panteones y en los deshuesaderos del territorio nacional (y particularmente de la frontera con Estados Unidos) con la frecuencia e intensidad de producción en serie y en industria.
 
En una rama de la producción vergonzante como es la de la venta de carne, la valorización es directamente proporcional a la culpa de los esclavos. Es esta culpa de la esclavitud --o esclavitud de la culpa-- lo que hace posible a las grandes cadenas hoteleras superexplotar a l@s trabajadores sexuales, al grado de dejarlos inservibles en el rápido lapso de seis o siete años.
 
Al final de un periodo intenso de vender el culo, ejércitos de anoréxic@s y sidos@s, o de sobrevivientes que saben mucho sobre lo que no deberían de saber nada, encuentran del otro lado de sus sueños la única perspectiva del cementerio.
 
Las cadenas hoteleras que contratan prostitutas al por mayor para uso de estrellas, deportistas y gerentes, saben que tienen en sus manos a personas por las cuales, difícilmente, nadie reclamará nunca nada. Es parte esto de los subproductos gananciosos de las ramas vergonzantes en la industria postmoderna.
 
El panteón de Juárez es el destino final de cientos de contratos verbales mediante los que niñas y adolescentes son engatuzadas a la esclavitud en pos de un sueño. Cuanti más en una fase del capitalismo en la que el desarrollo de las fuerzas productivas permite valorizar a los muertos en el joven y pujante mercado de órganos.
 
20 de abril de 2008
 
 
Una ilusión y después... nada más
Vanesa 1
Vanesa (izq.) con un sobrino y sus hermanas Leticia y Silvana.
Foto: Especial

Vanesa Martínez, bailarina exótica de origen argentino, llegó a México en 2007 y dos meses después su familia le perdió pista. Siguen sin rastro.

Alejandro Pairone/Corresponsal Argentina

Ciudad de México  (19 de abril de 2008).- Dicen que Vanesa posee un gran talento para el dibujo, un corazón inmenso para el afecto de los amigos, una debilidad irremediable por sus siete sobrinos y algunas virtudes para el cine pornográfico, con el que se ganaba la vida en Buenos Aires.

Los últimos que la vieron juran que era un manojo de sueños, que juntaba dinero con el fin de poner un negocio de ropa femenina con su hermana Silvana; que imaginaba un futuro de nietos lindos y, con suerte, hasta con casa propia.



Vanesa es (¿o era?) dueña de una belleza inquietante, entre ingenua y abrumadora, que ya de adolescente había descubierto como una herramienta para perturbar hombres y alinearlos en la senda de su voluntad. En la fotografía, sus ojos grandes y felinos simulan alegría, pero revelan una mirada que arrastra tristezas e intenta, inútilmente, ocultar fantasmas del pasado. Pero todo eso, al parecer, quedó trunco.

Belleza, afectos y sueños se fueron al limbo de la incertidumbre. Vanesa Martínez, una actriz porno argentina de 27 años, desapareció sin dejar rastros hace casi un año en la Ciudad de México, donde trabajaba como bailarina en el Royal Club de la Zona Rosa.

Nadie sabe nada de ella desde el 11 de julio pasado, cuando se comunicó por última vez con su familia en Buenos Aires. Fue una conversación breve, seca, dura, donde por enésima ocasión repitió que se quería regresar, que no soportaba más, que no comía, que se enfermaba, que estaba aislada; que sufría. Decía que le impedían volver, pero no revelaba quién ni por qué. Esa Vanesa angustiada nada tenía que ver con la Vanesa optimista que el 20 de mayo anterior había abordado en Buenos Aires el vuelo de Mexicana con una promesa de alojamiento, pago y trabajo como desnudista en un club privado.

"Estaba muy alegre y feliz", intenta relatar su hermana Silvana, pero la voz se quiebra, y llora. Una y otra vez, trata, pero no puede. Se disculpa. Las manos le tiemblan cuando toma la foto de Vanesa, mientras busca recuperar la respiración.

Minutos antes hablaba a borbotones, como si quisiera decir todas las palabras juntas, contar todas las historias, los secretos, las virtudes y los pecados. Como si contar liberara la angustia que carga desde julio, cuando tuvo la última certeza de que su hermana estaba con vida.

Cuando platica con REFORMA en un bar de Buenos Aires, Silvana recuerda que familia y amigos se inquietaron por el repentino escaso contacto de Vanesa: era cada vez más espaciado, breve y se interrumpía abruptamente. Habían palabras de dolor, ninguna de alegría. Primero una vez a la semana, luego cada 10 días, y después nunca más. Nunca más es nunca más.

"Ya desde la primera semana Vanesa me decía que estaba mal, que no toleraba, que no comía, que estaba enferma, que no podía leer diarios ni ver televisión, y que se quería volver, pero no podía pagar muchas multas", relata con los ojos llorosos.

Las "multas" suelen ser penalidades que los clubes nocturnos cobran a las mujeres por faltas a las normas internas, o también el dinero que deben ganar para devolver lo que se invierte a diario en ellas, desde el pasaje aéreo, la comida y el alojamiento, hasta los preservativos y el alquiler del cuarto.

Antes de quebrarse en llanto, Silvana jura que Vanesa siempre mantenía contacto permanente cuando viajaba, por teléfono o por chat. Pero ahora ya no había más.

Para cuando la ausencia fue notoria, un derrotero burocrático llevó a la familia por comisarías, consulados, embajadas y fiscalías, donde una y otra vez debía narrar su calvario, y donde una y otra vez partía sin respuesta. Ni una promesa para untar en el dolor.

Primero el Consulado argentino en México le exigió información por correo electrónico, pero jamás nadie respondió luego.

Siguió la Embajada de México en Buenos Aires, donde escucharon pero aconsejaron dirigirse a la Cancillería argentina, donde a su vez se limitaron a tomar la denuncia mientras una abogada desalentaba la búsqueda con el argumento de que "cientos de mujeres desaparecen en México".

La familia de Vanesa es gente humilde, de trabajo, que desconoce los caprichos eternos de la burocracia, que la hacía viajar al centro de Buenos Aires desde un pueblo pobre, Tapiales, ubicado en una localidad aún más pobre, La Matanza, al oeste de la capital argentina.

El desconocimiento de los trámites llevó a los familiares a visitar hasta comisarías de provincia en las que los policías no tomaban la denuncia, pero se mofaban al saber que buscaban a una actriz porno y desnudista. Para ellos no era una persona: era "una mujer perdida" que se merecía tal destino.

En septiembre lograron dar con una Fiscalía Especializada en Delitos Sexuales, donde por fin les prometieron una investigación, de la que hasta ahora nada saben. Fueron, vinieron, subieron, bajaron, leyeron, firmaron y soportaron, pero sin una respuesta, hasta que ahora decidieron dar a conocer públicamente el caso a este reportero de REFORMA.

Silvana Martínez es una mujer baja, morena, de cabellos lacios y negros, que al hablar mueve mucho las manos para enfatizar lo que dice su voz suave y mirada noble. De esas personas que dicen "por favor" y "gracias". Muestra una actitud decidida, con la que increpó a fiscales, comisarios y burócratas, aunque cada tanto se estremece.

Fue quien decidió publicitar la historia tras meses de diplomacia y pedir ayuda policial, y a quien la familia virtualmente ungió como portavoz. Es quien conoce los detalles, habló con los amigos, llamó a México y quien, en definitiva, puede hablar de su hermana más tiempo sin quebrarse en súplicas, como le pasa a su madre, Matilde, o bloquearse en un llanto silencioso, como su otra hermana, Leticia.

Ahora Silvana está en un bar de Buenos Aires sentada frente a un refresco que casi no prueba, mientras se recompone del llanto. Afuera, el calor del mediodía escandaliza a los porteños. Pero a Silvana no le importa, concentrada como está en recuperar el aliento y la voz.

"Vanesa estaba muy alegre y feliz -logra retomar- porque iba a trabajar en el Royal Club de México, y a ganar en pocos meses el dinero para poner un negocio para fabricar ropa. Ella iba a hacer el diseño y la venta, y yo me encargaría de la costura. Hasta me alquilé una casa más grande porque ella se venía a vivir conmigo y teníamos más tiempo juntas para hacerlo funcionar mejor.

"Esos señores del Royal deben saber qué pasó, porque Vanesa vivía allí cuando desapareció, cuando no la dejaban ni comunicarse. Una vez me dijo que estaba aislada, que ni veía televisión. La última vez que conversamos le ofrecí sacar un crédito para comprar su pasaje de regreso, pero ya no volvimos a hablar", dice Silvana.

Recuerda que todo estaba apuntado en la agenda de su hermana, que llevaba estrictas anotaciones de sus actividades y contactos. Casi un diario, que por azares del destino dejó olvidado en Buenos Aires, en él dejó registrado hasta cuánto dinero le iban a pagar en el DF.

Allí escribió de puño y letra que del Royal Club le habían mandado el pasaje aéreo, "el cual luego pagaré a comodidad mía".

Allí hablaba también de su alojamiento: "La primer semana tengo pagada La Suite Niza (de la calle Niza 74), y después de la primer semana corre por mi cuenta a u$s 15 por día (al público está a u$s 100)".

Más abajo explica que por los "bailes" ganará 150 pesos mexicanos (15 dólares); por las "copas", 50 pesos (5 dólares); y por algo que llama "diaria", se alzará con 500 pesos (50 dólares). Rigurosa con sus cuentas, calcula que, en promedio, los "días buenos" sacará de mil a 7 mil dólares, pero anota que obtendrá "seguro" un promedio diario, "sin sexo", de 150 a 400 dólares.

Pero algo salió mal... y Vanesa se esfumó en el aire del Distrito Federal el 11 de julio de 2007.

 


Dom, 20 de Abr, 2008 6:52 pm

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El caso de la muchacha argentina (Vanesa Martínez) desaparecida en plena Zona Rosa de la Ciudad de México, proporciona, de manera inesperada, la solución al...
Mario Rivera Guzmán
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20 de Abr, 2008
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