En el otoño de 1988 a mi mujer, Georgia, y a mí nos invitaron a dar una charla sobre autoestima y desarrollo óptimo en una conferencia en Hong Kong. Como nunca habíamos estado en el Lejano Oriente, decidimos hacer además un viaje a Tailandia.
Cuando llegamos a Bangkok, se nos ocurrió hacer un tour que recorría los templos budistas más famosos de la ciudad. En compañía de nuestro intérprete y chófer, Georgia y yo visitamos ese día numerosos templos budistas, pero al cabo de un rato todos empezaron a mezclarse en nuestro recuerdo.
Sin embargo, entre ellos hubo uno que nos dejó una impresión indeleble en la mente y en el corazón. Se le conoce como el Templo del Buda de Oro y en realidad es muy pequeño, probablemente no mida más que tres por tres metros; pero al entrar nos quedamos impresionados por la presencia de un buda de oro macizo de algo más de tres metros de altura. Pesa más de dos toneladas y media, y está valorado en aproximadamente ¡ciento noventa y seis millones de dólares! Era realmente un espectáculo impresionante ver ese buda de oro macizo, imponente pese a la bondad que transmitía su calma sonrisa.
Mientras nos sumergíamos en las actividades normales de quien visita lugares hasta entonces sólo conocidos por referencia (es decir, sacar fotografías de la estatua, entre expresiones de admiración), me acerqué a un expositor de cristal que contenía un gran trozo de arcilla, de unos veinte centímetros de espesor por treinta de ancho. Junto a la urna de cristal había una página mecanografiada que narraba la historia de aquella magnífica obra de arte.
En 1957 un grupo de monjes de un monasterio tuvo que trasladar un buda de arcilla desde su templo a un nuevo emplazamiento. El monasterio debía cambiar de sitio para dejar paso a la construcción de una carretera que atravesaba Bangkok. Cuando la grúa empezó a levantar el gigantesco ídolo, su peso era tan tremendo que empezó a resquebrajarse, y para colmo empezó a llover. El superior de los monjes, preocupado por el daño que podía sufrir el sagrado buda, decidió bajar la estatua al suelo y cubrirla con una recia lona que la protegiera de la lluvia.
Más tarde, él mismo fue a verificar cómo estaba el buda e introdujo una linterna bajo la lona para ver si la imagen seguía estando seca. Cuando la luz dio sobre una de las grietas de la estatua, observó que algo resplandecía en su interior y eso le llamó la atención. Al mirar más atentamente el destello de luz, se preguntó si no podría haber algo debajo de la arcilla. Fue en busca de un martillo y empezó a retirar la arcilla. Al ir desprendiéndose ésta el resplandor se fue haciendo cada vez mayor. Se necesitaron muchas horas de trabajo para que el monje se encontrase frente al extraordinario buda de oro macizo.
Los historiadores creen que, varios siglos antes de que el superior descubriese el buda, el ejército birmano estuvo a punto de invadir Tailandia, que entonces se llamaba Siam. Los monjes, al darse cuenta de que su país no tardaría en ser atacado, cubrieron de arcilla su precioso buda de oro para que no terminara formando parte del botín de los birmanos. Los invasores pasaron a cuchillo a todos los monjes y el secreto del buda de oro se mantuvo bien guardado hasta aquel memorable día de 1957.
Mientras volvíamos a los Estados Unidos en un avión, empecé a pensar que todos estamos, como el buda, cubiertos por una dura capa creada por el miedo y que, sin embargo, encerrado en cada uno de nosotros hay un «Buda de oro» o un «Cristo de oro» o una «esencia áurea» que es nuestro verdadero ser. En alguna época de la vida, quizás entre los dos y los nueve años, empezamos a cubrir nuestra «esencia áurea», nuestro ser natural. Y, de manera muy parecida a lo que hizo el monje con el martillo, la tarea a que ahora nos enfrentamos es la de volver a descubrir nuestra auténtica esencia.
Las siguientes palabras están inscritas en la tumba de un obispo (1100 d.c.) en la cripta de la abadía de Westminster:
Cuando yo era joven y libre y mi imaginación no conocía límites, soñaba con cambiar el mundo. A medida que me fui haciendo mayor y más prudente, descubrí que el mundo no cambiaría, de modo que acorté un poco la visión y decidí cambiar solamente mi país.
Pero eso también parecía inamovible.
Al llegar a mi madurez, en un último y desesperado intento, decidí avenirme a cambiar solamente a mi familia, a los seres que tenía más próximos, pero ¡ay!, tampoco ellos quisieron saber nada del asunto.
Y ahora que me encuentro en mi lecho de muerte, de pronto me doy cuenta: «Sólo con que hubiera empezado por cambiar yo mismo», con mi solo ejemplo habría cambiado a mi familia.
Y entonces, movido por la inspiración y el estímulo que ellos me ofrecían, habría sido capaz de mejorar mi país y quién sabe si incluso no hubiera podido cambiar el mundo.
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Corrían tiempo difíciles en aquel pueblo. En su época glorioso había sido conocida en toda la región por la hospitalidad y cordialidad de su gente, siempre dispuesta a acoger a los desconocidos con los brazos abiertos y con una enorme sonrisa. Pero algo había fallado. Un día sus habitantes comenzaron a pelearse sin motivo aparente y pronto su amistad y la confianza se convirtieron en rivalidad.
El alcalde sentía una enorme tristeza al ver a sus vecinos tan descontentos, y lo peor era que sabía que por mucho que lo intentara no podría hacer nada para devolver la armonía y la paz a su pueblo. De hecho ya nadie quería visitar el pueblo. A nadie parecía importarle y poco a poco el pueblo se fue convirtiendo en una ruina.
Un día llegó un visitante al pueblo. La verdad es que parecía venir en una misión, como si supiera de antemano lo que iba a encontrar a su llegada. Fue derecho a ver al alcalde, que le recibió con esa mirada triste de la que era incapaz de hacerse. Pronto los dos se encontraron inmersos en una serie de conversaciones.
El alcande le habló largo y tendido sobre su desesperación y su temor de que el pueblo se desintegrara. El desconocido por su parte, le dijo que creía conocer la manera de redimir a sus habitantes y devolverles la camaradería y la felicidad.
- Por favor, dígame cuál es ese secreto que nos devolverá la sonrisa ? le rogó el alcalde.
- Pues mire, es muy sencillo ? le respondio el desconocido. Debe Ud. saber que uno de su de sus vecinos es, en realidad, el Mesías.
El alcalde no terminaba de creérselo, pero el desconocido lo había afirmado con tal autoridad que se vio obligado a concederle el beneficio de la duda.
El desconocido se fue y el alcalde no pudo evitar contarle a su mejor amigo el secreto.
Pronto el rumor comenzó a correr por el pueblo como la pólvora.
- ¡Uno de nosotros es el mismísimo Mesías! ¿Te das cuenta?, aquí, escondido entre nosotros, vive el Mesías ? decían los habitantes del pueblo.
En el fondo, los vecinos del pueblo eran gente bondadosa, ansiosa de obrar de buena fe en aras del bien común. Con sólo pensar que el Mesías estaba viviendo entre ellos, de incógnito, ya se sentían mucho mejor.
- ¿Será el panadero?- se preguntaban.
- ¿O será la mujer que cría gallinas y vende huevos.
- ¿O quizás la vieja abuelita Riley, que asusta a todos los niños del pueblo con sus múltiples y marcadas cicatrices?.
La expectación y la curiosidad de los habitantes del pueblo parecían no tener límites. Lo curioso era que con la visita del desconocido todo empezo a cambiar en el pueblo. La gente empezó a tratarse con reverencia. Vivían con un objetivo común, con la necesidad de buscar algo preciado juntos, sin saber jamás si el tesoro se encontraba delante de sus narices o en un lugar remoto.
En poco tiempo empezaron a llegar visitantes, llevados por el deseo de disfrutar del clima de felicidad y santidad que se respiraba. El desconocido nunca volvió a aparecer por el pueblo. Claro que ya ni falta le hacía, pues había cumplido con su misión.
Tus recuerdos se agolpan en la puerta de la memoria pujando por salir a la superficie de la conciencia.
No tengas miedo. Déjalos salir. Mira cada recuerdo como si fuera hoy.
Escucha aquellas palabras que tan lejanas pueden parecerte. Deja que todo tu ser se inunde del ayer.
Recuérdalo. Cada minuto, cada silencio. Sus nombres, sus voces, sus miradas.
Hay en cada gota de emoción una lágrima a punto de quemarte las mejillas. No permitas que tu corazón se quede a mitad de camino sin haberse curado.
Y cuando estés en el silencio de tus recuerdos,inspira....profundamente.
Inspira.
Toma todo el aire que quieras, aspira todo ese recuerdo y rescata lo mejor. Incorpora nuevamente a tu ser interno toda esa energía de aquel ayer, y al exhalar deja que toda tristeza por los tiempos idos....realmente, se vaya, exhala toda energía negativa que haya quedado en tu interior, y deja marchar esos cúmulos energéticos que no te hacen bien.
Respira. Respira. Respira........ y déjate ser.
Permite que hoy sea mejor. Aspira todo el universo que quiere estar en tu conciencia y sé conciencia y sé universo.A veces nos aferramos tanto a los recuerdos que llega un momento en que nos cuesta caminar, nos cuesta entender lo nuevo de cada día, pues estamos aun inmersos en las discusiones del ayer.
Yo se que cuesta mucho superar un mal momento, se que duele muchísimo acordarse de aquellos a los que hemos amado tanto y ya no estan, pero si limpiaramos nuestro interior de excesivas cargas emocionales, verías que habría un poco mas de lugar para ampliar nuestro horizonte espiritual, te darías cuenta que ellos que ya no estan en la tierra aun nos sonríen desde el espíritu. Habría una oportunidad de acrecentar nuestra conciencia hasta límites mayores de los que hoy recorremos.
Vacía el contenido emocional de tus recuerdos. No te aferres a ellos como a una bolsa de tesoros.
Ama cada instante vivido y suéltalos tal como harías con un pájaro que quiere libertad y lo sueltas una mañana de sol en primavera.
Para ello utiliza la respiración conciente, utiliza el poder de la conciencia, extrae de tu interior los recuerdos que te atan y desátalos suavemente con el aire.
Al exhalar imagina cada escena volando en el espacio a tu alrededor hasta que finalmente levanta vuelo y .... ya no te pertenece....
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David Casstevens, del periódico Dallas Morning News, cuenta un episodio referente a Frank Szymanski, estudiante de la Universidad de Notre Dame allá por los años cuarenta, a quien habían llamado como testigo en un proceso civil en el South Bend.
—Este año, ¿está usted en el equipo de fútbol del Notre Dame?
—Sí, Señoría.
—¿En qué posición?
—Centro, Señoría.
—Y ¿qué tal centro es?
Szymanski se removió en su asiento, pero respondió con voz firme:
—Señor, soy el mejor centro que jamás haya tenido el equipo de Notre Dame.
El entrenador Frank Leahy, que se encontraba en la sala del tribunal, se quedó sorprendido: Szymanski había sido siempre modesto y nada fanfarrón, de manera que, terminada la sesión del tribunal, Leahy hizo un aparte con él para preguntarle por qué se había expresado de esa manera. Szymanski se ruborizó.
—Me supo muy mal hacerlo, entrenador —fue su respuesta—, pero es que, después de todo, estaba bajo juramento.
Con ser lo que soy ya es suficiente; sólo hace falta que lo sea abiertamente.
Escribí las palabras que siguen en respuesta a la pregunta de una niña de quince años: «¿Cómo puedo prepararme para tener una vida satisfactoria?».
Yo soy yo.
En el mundo entero no hay nadie que sea exactamente como yo. Hay personas que tienen cosas que se me parecen, pero nadie llega a ser exactamente como yo. Por lo tanto, todo lo que sale de mí es auténticamente mío porque sólo yo lo elegí.
Soy dueña de todo lo que me constituye: mi cuerpo y todo lo que mi cuerpo hace, mi mente y con ella todos mis pensamientos e ideas, mis ojos y también las imágenes de todo lo que ellos ven, mis sentimientos, sean los que fueren (enfado, júbilo, frustración, amor, desilusión, entusiasmo); mi boca y todas las palabras que de ella salen (corteses, dulces o ásperas, correctas o incorrectas), mi voz, áspera o suave, y todas mis acciones, ya se dirijan a otros o a mí misma.
Soy dueña de mis propias fantasías, de mis sueños, mis esperanzas y mis miedos.
Son míos todos mis triunfos y mis éxitos, mis fallos y mis errores.
Como soy dueña de todo lo que hay en mí, puedo relacionarme íntimamente conmigo misma. Al hacerlo, puedo amarme y ser amiga de todo lo que hay en mí. Entonces puedo trabajar toda yo, sin reserva, para mi mejor interés.
Sé que en mí hay aspectos que no entiendo, y otros que no conozco, pero mientras me acepte y me quiera puedo, con ánimo valiente y esperanzado, buscar las soluciones a los enigmas y las maneras de saber más cosas de mí misma.
Todo lo que miro y digo, cualquier cosa que exprese y haga, y todo aquello que piense y sienta en un momento dado, soy yo. Todo esto es auténtico y representa dónde estoy en ese momento del tiempo.
Cuando más adelante evoque qué aspecto tenía y cómo hablaba, lo que decía y lo que hacía, cómo pensaba y sentía, algunas partes pueden parecerme fuera de lugar. Puedo descartar lo que no me viene bien y conservar lo que me parezca adecuado, e inventarme algo nuevo que reemplace a lo que haya descartado.
Puedo ver, oír, sentir, decir y hacer. Tengo los recursos para sobrevivir, para estar próxima a los demás, para ser productiva, para encontrar sentido y orden en el mundo de las personas y las cosas que existen fuera de mí.
Soy mi propia dueña, y por lo tanto puedo hacerme a mí misma.
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La carencia afectiva es un mal que afecta a todos los rangos de edad, culturas y clases sociales.
Es peor que la gripe, que viene y se vá, o un mal que mata de inmediato.
Es un mal que consume a las personas despacito.
La indiferencia de la sociedad actual de cara a los problemas del mundo, hace que las personas se sientan solas y carentes.
Preferimos cerrar los ojos a lo que pasa a nuestro alrededor (e incluso ¡Fuera de él!) que enfrentar la realidad de la vida de los demás, con sus problemas.
Existen cada vez más personas solitarias cuanto más crece la población.
Las personas tienen sed de amor.
El problema es que rara vez quieren ser fuente.
Y en ese engranaje hay mucha gente infeliz.
Entonces se corre de un lado para el otro, algunos intentan encontrar compensación a nivel profesional, otros en religiones, creencias y sectas.
Internet también hace parte de ese mundo.
Aquí se buscan amores, amistades y certezas de que algo existe todavía capaz de compensar la falta de afecto.
Y se engañan.
Se engaña a los demás y a sí mismo.
Más que hablar, necesitamos vivir.
El día que las personas comprendan que la solución está dentro de ellas mismas, entonces el mundo tendrá una oportunidad para salir de éste caos.
Si quieres ser amado, ¡Ama!
¿Quieres recibir una sonrisa? ¡Sonríe!
¿Quieres recibir e-mails? ¡Manda!
¿Quieres cariño?
Dá ternura hasta no aguantar más.
¿Quieres atención? ¡Sé atento!
Tal vez no funcione inmediatamente.
Es un remedio que necesita de tiempo para comenzar a surtir efecto.
Pero, cuando estés curado interiormente, vas a ser otra persona, de forma tal que será imposible no recibir en retorno la felicidad que repartiste.
Tenemos la manía de querer comprar todo.
Pero muchas cosas en la vida necesitamos plantarlas, cuidarlas y cosechar con nuestras propias manos.
No todo se vende y se compra y el afecto hace parte de esas raras cosas.
¿No amamos a Dios por que Él nos amó primero? Entonces, vivamos de manera que podamos ser los primeros en dar afecto, amor, atención.
Seamos los antídotos del odio y de la indiferencia.
Todo lo que venga después, será compensación.
Estaremos contribuyendo así para una sociedad más humana, más justa y más equilibrada.
El muchacho entro con paso firme a la joyería y pidió al dueño le mostrara el mejor anillo de compromiso que tuviera.
El joyero le presento uno…
La hermosa piedra, solitaria brillaba como un diminuto sol resplandeciente.
El muchacho contempló el anillo y con una sonrisa lo aprobó. Preguntó luego el precio y se dispuso a pagarlo.
- ¿Se va usted a casar pronto? -le preguntó el joyero.
- No, -respondió él . Ni siquiera tengo novia.
La muda sorpresa del joyero divirtió al comprador.
- Es para mi mamá -dijo él . Cuando yo iba a nacer estuvo sola.
Alguien le aconsejó que me matara antes de que naciera, ASI se evitaría problemas.
Pero ella se negó y me dio el don de la vida. Y tuvo muchos problemas, muchos. Fue padre y madre para mí, y fue amiga y hermana, y fue maestra.
Me hizo ser lo que soy. Ahora que puedo le compro este anillo de compromiso.
Ella nunca tuvo uno. Yo se lo doy como promesa de que si ella hizo todo por mí, ahora yo haré todo por ella. Quizás después entregue yo otro anillo de compromiso, pero será el segundo.
El joyero no dijo nada. Solamente ordenó a su cajera que le hiciera al muchacho el descuento aquel que se hacia solo a los clientes importantes.
No te acerques a mi tumba sollozando. No estoy allí. No duermo ahí. Soy como mil vientos soplando. Soy como un diamante en la nieve, brillando Soy la luz del sol sobre el grano dorado Soy la lluvia gentil del otoño esperado
Cuando despiertas en la tranquila mañana, Soy la bandada de pájaros que trina Soy también las estrellas que titilan, mientras cae la noche en tu ventana
Por eso, no te acerques a mi tumba sollozando No estoy allí. Yo no morí…
Era una vez, una industria de calzado, que desarrolló un proyecto para exportar zapatos a la India. La Gerencia de la empresa envía a sus dos mejores consultores a puntos diferentes de la India para hacer las primeras observaciones del potencial de compra de aquel futuro mercado.
Después de algunos días de investigación, uno de los consultores envía el siguiente fax a la gerencia de la industria: “Señores, cancelen el proyecto de exportación de zapatos para la India. Aquí nadie usa zapatos.”
Sin saber de ese fax, algunos días después, el segundo consultor manda el siguiente mensaje: “Señores, tripliquen el proyecto de exportación de zapatos para la India. Aquí todavía nadie usa zapatos.”
1. Recibirás un cuerpo. Puede ser que te guste o que lo odies, pero será tuyo durante todo el tiempo que pases aquí.
2. Aprenderás lecciones. Estás anotado a tiempo completo en una escuela informal que se llama vida. Cada día que pases en ella tendrás oportunidad de aprender lecciones. Puede ser que las lecciones te gusten como que te parezca que no vienen al caso o que son estúpidas.
3. No hay errores, sólo lecciones. El crecimiento es un proceso de ensayo y error: la experimentación. Los experimentos fallidos son parte del proceso en igual medida que los que, en última instancia, funcionan.
4. Una lección se repite hasta que está aprendida. Cada lección se te presentará en diversas formas hasta que la hayas aprendido. Cuando eso suceda podrás pasar a la lección siguiente.
5. El aprendizaje no tiene fin. No hay en la vida ninguna parte que no contenga lecciones. Si estás vivo, aún te quedan lecciones que aprender.
6. «Allí» no es mejor que «aquí». Cuando tu «allí» se ha convertido en un «aquí», simplemente habrás obtenido otro «allí» que te parecerá nuevamente mejor que «aquí».
7. Los demás no son más que espejos que te reflejan. No puedes amar ni odiar nada de otra persona a menos que refleje algo que tú amas u odias en ti mismo.
8. Lo que hagas de tu vida es cosa tuya. Tienes todas las herramientas y recursos que necesitas, lo que hagas con ellos es cosa tuya. La elección es tuya.
9. Tus respuestas están dentro de ti. Las respuestas a las cuestiones de la vida están dentro de ti. Sólo tienes que mirar, escuchar y confiar.
Sentado en la playa, un día de verano, observaba como unos niños, jugaban en la arena. Estaban trabajando con esmero, cerca del agua, en la construcción de un elaborado castillo con portones, torres y pasajes internos.
Cuando estaban acabando con el proyecto, una gran ola vino y les derrumbó la construcción, reduciéndola a un montículo de arena mojada.
Pensé que estallaría el llanto, agobiados por lo que acababa de suceder en la obra que tanto trabajo les había costado.
Pero me sorprendieron.
En vez de eso, alejándose del agua salieron corriendo, riendo y tomados de la mano y volvieron a sentarse a construir otro castillo.
Me di cuenta que me habían enseñado una gran lección. Todas las cosas de nuestra vida, todas las estructuras complicadas sobre las que gastamos tanta energía y tiempo, están construídas sobre arena. Sólo nuestra relación con Dios y con otras personas perdurarán.
Tarde o temprano una ola puede llegar y tirar abajo lo que nos ha costado tanto construir. Cuando eso suceda sólo los que tienen una mano a la que aferrarse serán capaces de reir.
El sembrador, mira su campo cultivado y puede ver muchas espigas, tantas como su mirada puede abarcar. En la época de siembra, airea la tierra, prepara el campo para que esa semilla tenga las mayores posibilidades de mostrar su potencial. Siembra, y al voleo las semillas van cayendo en el terreno.
Sabe que para ver el resultado tendrá que esperar un tiempo, tiempo de crecimiento.
Y luego el milagro de la vida repitiéndose otra vez espigas doradas que se mecen al sol.
Solo entonces, cosecha lo que siembra
Los seres humanos somos sembradores, cada cual en su campo, y tenemos la oportunidad de actuar como el.
El ámbito laboral, la familia, la escuela, los amigos…En fin, tantos ámbitos en los que actuamos y en los que tenemos la oportunidad de dejar nuestra semilla.
Por eso es tan importante lo que elegimos sembrar. Porque al igual que el sembrador cosechamos lo que sembramos. Al igual que el, tendremos en cuenta el resultado final que deseamos conseguir para elegir nuestra semilla: si lo que deseamos cosechar es amor, ternura o cualquier otra gama del mismo, la semilla que introduzcamos en el suelo deberá llevar dentro de sus ” entrañas ” todo el potencial de amor.
Al igual que el sembrador, sabemos que nuestra cosecha esta expuesta a tormentas, a sucesos climáticos imprevistos, a situaciones desfavorables. Sin embargo, continuar sembrando con fe, pensando en las hermosas espigas meciéndose en el viento es una poderosa motivación para hacer de la siembra el propósito de nuestras vidas .
El rey de casi-todo tenía casi todo. Tenía tierras, ejércitos y tenía mucho oro. Pero el rey no estaba satisfecho con el casi todo. Él quería todo.
Quería todas las tierras. Quería todos los ejércitos del mundo. Y quería todo el oro que hubiese todavía Entonces, mandó a sus soldados en procura del todo. Y fueron conquistadas más tierras. Otros ejércitos fueron dominados. En sus cofres ya no cabía tanto oro. Pero el Rey todavía no tenía todo.
Seguía siendo el Rey de Casi-todo. Por eso, quiso más. Quiso las flores, los frutos y los pájaros. Quiso las estrellas y quiso el sol. Flores, frutos y pájaros le fueron traídos. Se apresaron las estrellas y el sol perdió su libertad. Pero el rey todavía no tenía todo.
Porque teniendo las flores, no podía quitarles la belleza y el perfume. Teniendo los frutos, no podía quitarles el sabor. Teniendo los pájaros, no podía quitarles el canto. Teniendo las estrellas, no podía quitarles la luz. El Rey era aún el Rey de Casi-todo.
Y se puso triste. En su tristeza salió a caminar por sus reinos. Pero sus reinos eran ahora muy feos. Las flores y los frutos habían sido recogidos La noche no tenía estrellas y el día no tenía sol. Y tristes como él estaban sus súbditos. Entonces el Rey de Casi-todo no quiso nada más.
Mandó que devolviesen las flores a los campos y que entregasen las tierras conquistadas.
Mandó que plantasen árboles que dieran frutos y que soltasen a los pájaros.
Mandó que distribuyesen las estrellas por el cielo y que liberaran al sol. Y el rey se volvió feliz.
En su inmensa alegría, sintió la paz.
Y sintiendo la paz, el Rey vio que no era más el Rey de Casi-todo.
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Que gran decepción tenía el joven de esta historia, su amargura absoluta era por la forma tan inhumana en que se comportaban todas las personas, al parecer, ya a nadie le importaba nadie.
Un día dando un paseo por el monte, vio sorprendido que una pequeña liebre le llevaba comida a un enorme tigre malherido, el cual no podía valerse por sí mismo.
Le impresionó tanto al ver este hecho, que regresó al siguiente día para ver si el comportamiento de la liebre era casual o habitual. Con enorme sorpresa pudo comprobar que la escena se repetía: la liebre dejaba un buen trozo de carne cerca del tigre.
Pasaron los días y la escena se repitió de un modo idéntico, hasta que el tigre recuperó las fuerzas y pudo buscar la comida por su propia cuenta.
Admirado por la solidaridad y cooperación entre los animales, se dijo:
“No todo está perdido. Si los animales, que son inferiores a nosotros, son capaces de ayudarse de este modo, mucho más lo haremos las personas”.
Y decidió hacer la experiencia: Se tiró al suelo, simulando que estaba herido, y se puso a esperar que pasara alguien y le ayudara.
Pasaron las horas, llegó la noche y nadie se acercó en su ayuda. Estuvo así durante todo el otro día, y ya se iba a levantar, mucho más decepcionado que cuando comenzamos a leer esta historia, con la convicción de que la humanidad no tenía el menor remedio, sintió dentro de sí todo el desespero del hambriento, la soledad del enfermo, la tristeza del abandono, su corazón estaba devastado, y casi no sentía deseo de levantarse.
Entonces allí, en ese instante, lo oyó…
¡Con qué claridad, qué hermoso!, una hermosa voz, muy dentro de él le dijo:
“Si quieres encontrar a tus semejantes, si quieres sentir que todo ha valido la pena, si quieres seguir creyendo en la humanidad, para encontrar a tus semejantes como hermanos, deja de hacer de tigre y simplemente se la liebre”.
En una ciudad nacieron dos hombres, el mismo día, a la misma hora en el mismo lugar. Sus vidas se desarrollaron y cada uno vivío muchas experiencias diferentes.
Al final de sus vidas ambos murieron el mismo día, a la misma hora, en el mismo lugar. De acuerdo a la leyenda se dice que al morir tenemos que pasar por un gran portal de oro puro, donde allí un guardian, nos hace ciertas preguntas para permitirnos pasar.
El primer hombre llegó y el guardian le pregunta:
"Qué fué de tu vida?"
El responde:
"Conocí muchos lugares, tuve muchos amigos, hize negocios que produjeron grandes riquezas, mi familia tuvo lo mejor y trabaje duro".
El guardian le pregunta:
"Qué traes contigo?"
El responde:
"Todo ha quedado allí, no traigo nada", ante esto el guardian responde:
"Lo siento no puedes pasar debido a que no traes nada contigo".
Al escuchar estas palabras el hombre llorando y con gran pena en su corazón se sienta a un lado a sufrir el dolor de no poder entrar.....
El segundo hombre llegó y el guardian le pregunta:
"Qué fué de tu vida?"
El responde:
"Desde el momento en que nací, fuí un caminante, no tuve riquezas, solo busque el amor en los corazones de todos los hombres, mi familia me abandono y en realidad nunca tuve nada".... el guardian le pregunta:
"Encontraste lo que buscabas?"
El le responde:
"Si, ha sido mi unico alimento desde que lo encontre... "
El guardian responde:
"Muy bien puedes pasar!..."
Pero ante esta respuesta el hombre responde:
"El Amor que he encontrado es tan grande que lo quiero compartir con este hombre sentado al lado del portal, sufriendo por su fortuna..."
Dice la leyenda que su amor era tan grande que fue suficiente para que ambos pasaran por el portal.
- Levántate quince minutos antes de lo acostumbrado. - Prepárate la noche anterior para el siguiente día. - Programa citas con anticipación. - Haz un duplicado de tus llaves. - Fotocopia siempre los papeles importantes. - Repara cualquier cosa que no funciona como se debe. - Solicita ayuda para realizar las tareas que te desagradan. - Ponte metas. - Pon un alto a un mal hábito. - Pídele a alguien que sea tu oyente. - Hazlo hoy. - Planta un árbol. - Dale de comer a los pájaros. - Ponte en pie y estírate. - Memoriza un chiste. - Haz ejercicios diariamente. - Aprende la letra de una nueva canción. - Llega temprano a tu trabajo. - Ordena tu closet. - Escríbele a un amigo distante.
ADAPTADO DEL LIBRO “1O1 MANERAS DE SOBRELLEVAR EL STRESS” PUBLICADO POR “ENFOQUE A LA FAMILIA”
Maestro, ¿qué debo hacer para no quedarme molesto? Algunas personas hablan demasiado, otras son ignorantes. Algunas son indiferentes. Siento odio por aquellas que son mentirosas y sufro con aquellas que calumnian.
- ¡Pues, vive como las flores! Advirtió el maestro.
- Y ¿cómo es vivir como las flores? Preguntó el discípulo.
- Pon atención a esas flores -continuó el maestro, señalando unos lirios que crecían en el jardín. Ellas nacen en el estiércol, sin embargo son puras y perfumadas. Extraen del abono maloliente todo aquello que les es útil y saludable, pero no permiten que lo agrio de la tierra manche la frescura de sus pétalos. Es justo angustiarse con las propias culpas, pero no es sabio permitir que los vicios de los demás te incomoden. Los defectos de ellos son de ellos y no tuyos. Y si no son suyos, no hay motivo para molestarse. Ejercita pues, la virtud de rechazar todo el mal que viene desde afuera… Ésto, es vivir como las flores.
Crecí en una hermosa y extensa granja en Iowa, criada por padres de esos a quienes con frecuencia se describe como la «sal de la tierra y la columna vertebral de la comunidad». Eran todas las cosas que sabemos que definen a los buenos padres: tiernos, entregados a la tarea de educar a sus hijos transmitiéndoles confianza y seguridad en ellos mismos. Esperaban que hiciéramos nuestras tareas de la mañana y de la tarde, que llegáramos a la escuela puntualmente, que sacáramos buenas notas y fuéramos personas honradas.
Somos seis hermanos. ¡Seis! Nunca pensé que tuviéramos que ser tantos, pero está claro que a mí nadie me consultó. Para colmo de males, el destino me dejó caer en pleno corazón de Norteamérica, en un clima que no podía ser más inhóspito y frío. Como todos los niños, también yo creía que se había producido una gran confusión universal y que conmigo se habían equivocado de familia… y además, con toda seguridad, de estado. Me enfermaba tener que enfrentarme con los elementos. Los inviernos en Iowa son tan gélidos, tan helados, que hay que hacer turnos para salir durante la noche a asegurarse de que las vacas y las ovejas no se hayan quedado en un lugar donde puedan morir congeladas. A los animales recién nacidos había que llevarlos al establo y, a veces, ocuparse de hacerlos entrar en calor para que no se nos murieran. ¡Así de fríos son los inviernos en Iowa!
Mi papá, un hombre increíblemente guapo, fuerte, carismático y enérgico, estaba siempre en acción. Mis hermanos y hermanas, como yo, sentíamos ante él un gran respeto. Lo honrábamos y le profesábamos la mayor estima. Ahora entiendo el porqué. En su vida no había incongruencias. Era un hombre honrado y de elevadísimos principios. El trabajo de la granja, que él mismo había escogido, era su pasión; y él, el mejor de los granjeros. Se encontraba en su elemento criando y ocupándose del ganado. Se sentía unido a la tierra y se enorgullecía de plantar y recoger las cosechas. Se negaba a cazar fuera de temporada, por más que ciervos, faisanes, codornices y otros animales silvestres abundaran pródigamente en nuestras tierras. Se negaba a incorporar abonos artificiales al suelo o a alimentar a los animales con otra cosa que no fuera forraje y grano. Nos enseñaba por qué actuaba de esa manera y por qué nosotros debíamos abrazar los mismos ideales. Hoy puedo darme cuenta de lo escrupuloso que era, porque todo aquello sucedía a mediados de los años cincuenta, antes de que se soñara siquiera con un compromiso universal tendente a la preservación del equilibrio ambiental en toda la tierra.
Papá era también un hombre muy impaciente, pero no en mitad de la noche, cuando estaba haciendo el recuento de los animales durante su última ronda nocturna. La relación que surgió entre nosotros a partir de todas aquellas situaciones compartidas fue simplemente inolvidable, y constituyó en mi vida una influencia compulsiva, tanto fue lo que llegué a saber de él. Con frecuencia oigo comentar a hombres y mujeres el poco tiempo que solían pasar con su padre. De hecho, todavía hoy, al estar con un grupo de hombres, uno siente que siguen buscando a tientas un padre a quien nunca conocieron. Yo sí conocí al mío.
Por entonces tenía la sensación de ser, secretamente, su hija favorita, aunque es muy posible que cada uno de los seis hermanos haya sentido lo mismo. Ahora bien, aquello tenía su lado bueno y su lado malo. El lado malo fue que papá me eligió a mí para que lo acompañara en aquellos controles de los establos, de noche y de madrugada, pese a que yo detestaba tener que levantarme y dejar la cama calentita para salir al aire helado de la madrugada.
Pero en aquellas ocasiones era cuando papá se mostraba mejor y más cariñoso.
Era enormemente comprensivo, paciente, tierno y, además, sabía escuchar. Su voz era suave y cuando lo veía sonreír entendía la pasión que mi madre sentía por él.
Fue durante aquella época cuando para mí se constituyó en el maestro modelo, concentrado siempre en los porqués, en las razones para seguir adelante. Hablaba interminablemente durante la hora u hora y cuarto que duraba nuestro paseo nocturno: de sus experiencias en la guerra, de los porqués de la guerra en que él había servido, dentro y fuera de la región, de la gente, de los efectos de la guerra y de sus secuelas. Una y otra vez volvía sobre el relato y a mí, en la escuela, la asignatura de historia se me hacía tanto más interesante y familiar.
Papá nos hablaba de lo que había sacado de positivo en sus viajes y de por qué era tan importante salir a ver mundo. Me inculcó la necesidad y el amor a los viajes. Cuando tuve treinta años, yo ya había visitado, fuera por trabajo o por placer, cerca de treinta países.
Él me hablaba de la necesidad y el amor del aprendizaje, y del porqué una educación formal es importante, e insistía también en la diferencia entre inteligencia y sabiduría. Deseaba ardientemente que yo no me limitara a terminar la escuela secundaria.
—Tú puedes hacerlo —me repetía—. Eres una Burres. Eres inteligente, tienes buena cabeza, y recuérdalo, eres una Burres.
No había manera de que pudiera decepcionarle. Tenía confianza de sobra para acometer cualquier carrera. Finalmente me doctoré, primero en filosofía y luego obtuve un segundo doctorado. Aunque el primero era para papá y el segundo para mí, hubo decididamente un sentimiento de curiosidad y de búsqueda que me facilitó la consecución de ambos.
Él me hablaba de normas y de valores, del desarrollo del carácter y de lo que esto significa en el curso de una vida. Yo escribo y enseño sobre un tema similar. Él hablaba de cómo tomar y evaluar decisiones, de saber cuándo hay que acabar con las pérdidas e irse y cuándo es preciso aferrarse a las decisiones tomadas, incluso frente a la adversidad. Hablaba de conceptos como ser y llegar a ser, y no solamente de tener y conseguir, y yo sigo usando esa frase. Nunca traiciones a tu corazón, decía. Hablaba de instintos viscerales y de cómo diferenciarlos para no venderse emocionalmente; también de cómo evitar que los demás le engañen a uno.
—Escucha siempre a tus instintos —decía—, y no olvides nunca que todas las respuestas que puedas necesitar están dentro de ti. Tómate tiempo para la soledad y el silencio. Mantente en silencio hasta que llegues a encontrar las respuestas dentro de ti y entonces escúchalas. Encuentra algo que te guste hacer y lleva una vida que lo demuestre. Tus objetivos deben provenir de tus valores y entonces tu trabajo irradiará el deseo de tu corazón. Esto te apartará de todas las distracciones tontas, que sólo servirán para hacerte perder el tiempo —y la vida no es más que tiempo—, para perder de vista cuánto puedes crecer en los años que te sean dados. Preocúpate de la gente —me decía—, y respeta siempre a la madre tierra. No importa dónde vivas, asegúrate de tener una visión plena de los árboles, el cielo y la tierra.
Mi padre. Cuando reflexiono sobre la forma en que amaba y valoraba a sus hijos, siento verdadera pena por los jóvenes que nunca conocerán de esta manera a sus padres ni sentirán jamás el poder del carácter, la ética, el empuje y la sensibilidad, todo ello reunido en una sola persona… como a mí me pasa, ya que mi padre era el vivo modelo de lo que predicaba. Yo sabía que él creía en mí y que quería que yo misma reconociera mi propio valor.
El mensaje de papá tenía sentido para mí porque jamás vi conflicto alguno con la forma en que él vivía su vida. Había pensado en su vida y la vivió día a día. Con el tiempo, fue comprando varias granjas (y hoy sigue siendo tan activo como entonces). Se casó y durante toda la vida amó a la misma mujer. Mi madre y él, que llevan ya cincuenta años juntos, siguen comportándose como dos enamorados inseparables. Son los mayores amantes que he conocido jamás.
De igual manera amaba a su familia. Yo lo consideraba excesivamente posesivo y sobreprotector con sus hijos, pero ahora que soy madre puedo entender esas necesidades y verlas tal como son. Aunque él pensara que podía salvarnos del sarampión, y casi lo consiguió, se negó vehementemente a perdernos a causa de vicios destructivos. También entiendo ahora la firmeza de su determinación para conseguir que fuéramos adultos atentos y responsables.
Hasta el día de hoy, cinco de sus hijos residen a pocos kilómetros de él, y han optado por una versión de su estilo de vida. Son todos cónyuges y padres dedicados y la profesión que han elegido es la agricultura. Son, sin lugar a dudas, la espina dorsal de su comunidad. Hay algo peculiar en todo esto y sospecho que se debe a que me llevara a mí como acompañante en aquellas rondas de medianoche. Yo me orienté en una dirección diferente de la que tomaron mis otros cinco hermanos. Empecé mi carrera como educadora, asesora y profesora universitaria, terminé escribiendo varios libros para padres e hijos, con el fin de compartir lo que ya desde los primeros años había aprendido sobre la importancia del desarrollo de la autoestima. Los mensajes que escribí para mi hija son, aunque un poco modificados, los mismos valores que aprendí de mi padre, atemperados, como es natural, por mis propias experiencias vitales. Y siguen pasando a las nuevas generaciones.
También debería contaros algo de mi hija, una sana muchacha de casi un metro ochenta, que todos los años se matricula en tres deportes, a quien le preocupa la diferencia entre un sobresaliente y un notable, y que quedó finalista en la lucha por el título Miss California Teen. Pero no son sus dones y logros externos los que hacen que me recuerde a mis padres. La gente siempre me dice que mi hija está dotada de una gran bondad, una espiritualidad y un fuego interior muy especiales y profundos, que irradian manifiestamente de ella. La esencia de mis padres se ha encarnado en su nieta.
La actitud de amor por sus hijos y el hecho de haber sido padres dedicados ha tenido también un efecto sumamente enriquecedor y estimulante sobre la vida de mis padres. Mientras escribo esto mi padre está en la clínica Mayo de Rochester, sometiéndose a un chequeo que, según dicen los médicos, llevará entre seis y ocho días. Estamos en diciembre y, dado el rigor del invierno, tomó una habitación en un hotel próximo a la clínica a la que acude como paciente externo. A causa de sus obligaciones domésticas, mi madre sólo pudo acompañarlo durante los primeros días, de modo que la víspera de Navidad ya no estuvieron juntos.
La Nochebuena telefoneé a papá a Rochester para desearle una feliz Navidad. Por su voz, me pareció deprimido y desanimado. Al llamar a mi madre, que estaba en Iowa, también la encontré triste y malhumorada.
—Es la primera vez en la vida que tu padre y yo no pasamos juntos estas fiestas —se lamentó—, y sin él ni siquiera siento que hoy sea Navidad.
Yo tenía catorce invitados a cenar, dispuestos a pasar una velada festiva.
Volví a la cocina, pero como no podía sacarme de la cabeza el problema de mis padres, llamé por teléfono a mi hermana mayor, quien a su vez llamó a mis hermanos. Una vez decidido que no era bueno que nuestros padres estuvieran separados en Nochebuena y que mi hermano menor iría con el coche a Rochester para traer a mi padre, sin decírselo a mi madre, lo llamé para comunicarle nuestros planes.
—Oh, no —protestó—, es demasiado peligroso salir una noche como ésta.
Mi hermano llegó a Rochester y me telefoneó desde la habitación del hotel para decirme que papá no quería venir.
—Tienes que decírselo tú, Bobbie. Eres la única a quien hará caso.
—Ve, papá. Adelante —le dije con suavidad, y aceptó.
Tim y papá salieron para Iowa. Los demás hijos fuimos llevando la pista de todo el viaje, con información del tiempo incluida, hablando con ellos por el teléfono del coche de mi hermano. En ese punto ya habían llegado mis invitados y todos participaron de la aventura. Cada vez que sonaba el teléfono, conectaba el altavoz para que todos pudieran oír las últimas noticias. Acababan de dar las nueve cuando sonó el teléfono; era papá que llamaba desde el coche.
—Bobbie, ¿cómo puedo llegar a casa sin llevarle un regalo a tu madre? ¡En casi cincuenta años, sería la primera vez que llegaría a casa en Navidad sin su perfume favorito!
Todos mis invitados estaban participando del viaje. Llamamos a mi hermana para que nos diera los nombres de los centros comerciales más próximos donde pudieran detenerse para comprar el único regalo que mi padre podía concebir hacerle a mamá: la misma marca de perfume que ha venido obsequiándole cada Navidad durante todos estos años.
A las 9:52 de esa noche mi hermano y mi padre salieron de un pequeño centro comercial en Minnesota y siguieron viaje a casa. A las 11:50 entraban con el coche en la granja. Mi padre, como un escolar muerto de risa, se ocultó tras un ángulo de la casa para que mamá no lo descubriera.
—Mamá, hoy he ido a visitar a papá y me ha dicho que te traiga esto para lavar —dijo mi hermano mientras entregaba las maletas a mi madre.
—Oh —suspiró ella con tristeza—, lo echo tanto de menos que en realidad podría ponerme a hacerlo ahora.
—No tendrás tiempo para hacerlo esta noche —dijo mi padre, saliendo de su escondite.
Después de que mi hermano me llamara para relatarme esta conmovedora escena, telefoneé a mi madre.
—¡Feliz Navidad, mamá!
—Ay, niños… —intentó decir ella con voz quebrada, tratando de contener las lágrimas, pero no pudo continuar. Mis invitados prorrumpieron en hurras.
Aunque yo estuviera a tres mil kilómetros de ellos, ésa fue una de las Navidades más especiales que he compartido con mis padres. Y por cierto que hasta el día de hoy mis padres no han estado jamás separados en Nochebuena.
Tal es la fuerza de los hijos que aman y honran a sus padres y, por cierto, del maravilloso matrimonio hecho de amor y entrega que mis padres comparten.
—Los buenos padres —me comentó una vez Jonás Salk—, dan raíces y alas a sus hijos. Raíces para saber dónde está su hogar, y alas para volar lejos de él y ejercitar lo que ellos les han enseñado.
Si el legado de los padres es que los hijos alcancen la capacidad de llevar una vida con sentido, contar con un nido seguro y ser bienvenidos a él, entonces creo que yo he escogido bien a mis padres. Fue en esta última Navidad cuando mejor entendí por qué era necesario que estas dos personas fueran mis padres. Aunque las alas que ellos me dieron me han llevado por todo el mundo, para finalmente terminar en la hermosa California, las raíces que de ellos recibí serán, siempre, un cimiento de inconmovible solidez.
El joven rey Arturo fue sorprendido y apresado por el monarca del reino vecino, mientras cazaba furtivamente en sus bosques.
El rey pudo haberlo matado en el acto, pues tal era el castigo para quienes violaban las leyes de la propiedad, pero se conmovió ante la juventud y la simpatía de Arturo y le ofreció la libertad, siempre y cuando en el plazo de un año hallara la respuesta a una pregunta difícil.
La pregunta era:
¿Qué quiere realmente la mujer?
Semejante pregunta dejaría perplejo hasta al hombre más sabio y al joven Arturo le pareció imposible contestarla.
Con todo, aquello era mejor que morir ahorcado; de modo que regresó a su reino y empezó a interrogar a la gente: A la princesa, a la reina, a las prostitutas, a los monjes, a los sabios y al Bufón de la corte... en suma, a todos pero nadie le pudo dar una respuesta convincente.
Eso si, todos le aconsejaron que consultara a la vieja bruja, pues solo ella sabría la respuesta. El precio sería alto, ya que la vieja bruja era famosa en todo el reino por el precio exorbitante que cobraba por sus servicios.
Llego el último día del año convenido y Arturo no tuvo más remedio que consultar a la hechicera.
Ella accedió a darle una respuesta satisfactoria a condición de que primero aceptara el precio:
¡Ella quería casarse con Gawain, el caballero más noble de la Mesa Redonda y el más íntimo amigo de Arturo!.
El joven Arturo la miró horrorizado: era jorobada y feísima, tenía un solo diente, despedía un hedor que daba nauseas, hacía ruidos obscenos...
Nunca se había topado con una criatura tan repugnante.
Se acobardó ante la perspectiva de pedirle a su amigo de toda la vida que asumiera por él esa carga terrible.
No obstante, al enterarse del pacto, Gawain afirmó que no era un sacrificio excesivo a cambio de la vida de su compañero y la preservación de la Mesa Redonda.
Se anunció la boda y la vieja bruja, con su sabiduría infernal, dijo:
Lo que realmente quiere la mujer es... ¡Ser la soberana de su propia vida!
Todos supieron al instante que la hechicera había dicho una gran verdad y que el joven rey Arturo estaría a salvo.
Asi fue: al oír la respuesta, el monarca vecino le devolvió la libertad. Pero menuda boda fue aquella,...asistió la corte en pleno y nadie se sintió más desgarrado, entre el alivio y la angustia que el propio Arturo.
Gawain se mostró cortés, gentil y respetuoso.
La vieja bruja hizo gala de sus peores modales, engulló la comida directamente del plato sin usar los cubiertos, emitió ruidos y olores espantosos.
Llegó la noche de bodas: Cuando Gawain, ya preparado para ir al lecho nupcial aguardaba a que su esposa se reuniera con él, ... ella apareció con el aspecto de la doncella más hermosa que un hombre desearía ver!
Gawain quedó estupefacto y le preguntó qué había sucedido.
La joven respondió que como había sido cortés con ella, la mitad del tiempo se presentaría con su aspecto horrible y la otra mitad con su aspecto atractivo.
¿Cuál prefería para el día y cuál para la noche?
¿Qué pregunta cruel?... Gawain se apresuró a hacer cálculos... ¿quería tener durante el día a una joven adorable para exhibirla ante sus amigos y por las noches en la privacidad de su alcoba a una bruja espantosa? o ¿prefería tener de día a una bruja y a una joven hermosa en los momentos íntimos de su vida conyugal?...
Permitirse llorar no es fácil… Nos han educado para ser fuertes, ser árboles de pie ante las adversidades de la vida. Muchas veces sentimos angustia, el pecho dolorido ante tantas presiones y seguimos caminando, no nos detenemos a llorar: “Debes ser fuerte…”, “Llorar es de los débiles…”, “Los hombres no lloran…”, “Llorar es sinónimo de flaqueza…”
Tantas frases hemos escuchado en nuestra infancia, en nuestra juventud que, ante el dolor, la pérdida, las injusticias, el fracaso no nos permitimos llorar y agobiados ante tantas presiones y exigencias en esos pequeños instantes íntimos, “nuestros”, cuando estamos solos, nos dejamos llevar y las lágrimas que ahogaban nuestro ser empiezan a brotar…
Sufrir la pérdida de ciertas cosas es inherente a la vida del ser humano. Muchas veces las cosas que perdemos o que se rompen en nuestras vidas son irreemplazables y ni siquiera nosotros mismos podemos repararlas. Los que nos quieren, muchas veces pueden ayudarnos a aliviar nuestro dolor y a soportar las pérdidas. Cuando somos padres, tratamos de demostrar a nuestros hijos que somos fuertes, que nada nos quiebra, que nada nos duele, ya que tememos dañarlos con nuestras debilidades y con nuestras lágrimas… ¡qué equivocados estamos…!
Ellos saben de nuestras tristezas y de nuestras alegrías. Tan sólo con mirarnos, con abrazarnos, con acariciarnos, perciben nuestro dolor. No pidamos permiso para llorar… si sentimos que no podemos contener nuestras lágrimas, si sentimos que el corazón nos duele: Lloremos… No tenemos que ser fuertes todo… el tiempo, toda la vida…
Debemos permitirnos ser, por momentos, débiles y dejar que nuestros sentimientos salgan…