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mundoraro · Mundo Raro, por Alberto Chimal

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Mundo raro
Una lección
Alberto Chimal

En 1964, un año después de la muerte del novelista y crítico
británico C. S. Lewis (1898-1963), apareció su último libro: *La
imagen descartada* (The discarded image), que fue traducido
al castellano por Carlos Manzano y publicado en España, en
1997, con el título *La imagen del mundo*. Este largo ensayo,
una introducción a la literatura medieval y renacentista, es
curioso no por ser de un autor a quien se conoce, sobre todo,
por sus novelas fantásticas (como las Crónicas de Narnia o
*Más allá del planeta silencioso*), sus textos devotos y su
amistad con J. R. R. Tolkien. Su rareza proviene de su actitud:
es una obra de erudición y a la vez de humildad.

El propósito de Lewis es simple: ofrecer al estudiante o lector
curioso un panorama general de los orígenes y
transformaciones de la cultura europea, y especialmente la
inglesa, a partir de la Edad Media. En ese tiempo, como escribe
Lewis, el pensamiento era libresco en el sentido de que,
aunque había muy pocos libros y lectores, unos y otros tenían
enorme influencia; al mismo tiempo, la cultura tenía una gran
necesidad de "clasificar y ordenar", de discurrir sistemas y
armonías en el mundo a partir de la observación y la
especulación. Ambas tendencias se unen en varias de las
grandes obras de la época, como la *Divina comedia* de Dante
o la *Suma* de Santo Tomás (que para Lewis son "tan
unificadas y ordenadas como el Partenón o el *Edipo Rey*, tan
abarrotadas y variopintas como una terminal londinense en un
día de fiesta"), pero su síntesis plena está en "la organización
total de su teología, ciencia e historia en un único modelo
mental, complejo y armonioso, del Universo".

La imagen del mundo es el cosmos medieval: cerrado, limitado,
desechado por los siglos posteriores, pero aún admirable
porque, en su tamaño reducido, es completo y coherente.
Nuestra época (la de Lewis), en la que ninguna disciplina
puede abarcarlo todo, nunca podrá vanagloriarse de tener una
cosmogonía semejante. Lewis rastrea las huellas de ese orden
prevaleciente en varias obras representativas, desde los
últimos clásicos: Cicerón, Apuleyo, Lucano, hasta más allá de la
Edad Media (la imagen medieval no fue descartada por
completo sino hasta fines del siglo XVII), en la obra de los
primeros poetas renacentistas, y describe puntualmente todos
sus elementos: por un lado el mundo sublunar, sus habitantes,
sus jerarquías, y por el otro el cielo, que desde Aristóteles había
sido la otra parte: la inmutable y perfecta, del Universo.

Se podría decir, después de terminar el volumen, que el
recuento no ofrece nada nuevo: ningún descubrimiento sobre el
hombre medieval ni –lo que hubiera sido mejor– sobre sus
lectores contemporáneos, o sobre nosotros, ilustrados del siglo
XXI. Pero la humildad a la que me refería al comienzo está en
que no decir nada nuevo es precisamente el objetivo de Lewis.
Desde la primera página, *La imagen descartada* reconoce
que cualquiera, con tiempo y acceso a enciclopedias y otros
materiales de referencia, podría haber hecho el mismo trabajo.
Pero también dice que casi nadie lo hace, porque si leemos
literatura antigua sólo buscamos ayuda cuando algún pasaje
parece difícil, y estamos tan ocupados en descifrar el texto paso
a paso que nos cuesta trabajo verlo como un todo, y mucho
más relacionarlo con otros textos. La lectura de Lewis es una
lectura repetida, pero enormemente cuidadosa: un trabajo que
ya nadie se molesta en hacer, pero debe hacerse. Ciertamente,
es otra de las funciones de la literatura: recordar a la gente
aquello que ya ha olvidado, aunque no tenga el lustre de lo más
reciente.

Y hay más. Lewis, famoso aún por su obra religiosa y devota,
nunca fue fanático: es ejemplar la forma en la que examina la
imagen del mundo medieval y, aunque manifiesta su
predilección por ella, lo hace en términos serenos, y enfatiza,
sobre todo, su admiración por la belleza de ese modelo de la
existencia. Acaso es más sencillo, en este tiempo, formular una
apreciación meramente estética de la cuestión, pues hoy
estamos mejor dispuestos a que las cosmogonías, los
sistemas filosóficos, las historias grandes y complicadas,
puedan atraernos, aunque no creamos literalmente en ellos,
por el placer estético, o la satisfacción intelectual, que nos
producen su complejidad, su filigrana, la audacia de tales o
cuales ideas o conexiones entre ideas. Sin embargo, el que
Lewis asuma esa actitud a pesar de su propia fe, en un gesto
de tolerancia por la fe –o la falta de ella– de los demás, lo aleja
de los autores falsamente píos y, mejor aún, de los
predicadores mercachifles.

Esos se llenan la boca con palabras que no comprenden,
precisamente porque su auditorio tampoco las entenderá;
Lewis es claro y conciso. Esos creen que la razón es su
enemiga, y quisieran a su grey en una especie de éxtasis
constante, repitiendo siempre la misma consigna, olvidados de
todo salvo la adoración; Lewis, partidario de la idea de que el
ser humano tiene una verdad revelada, pero también una mente
para pensar en esa verdad, se da tiempo para argumentar, con
enorme fortuna, que la gente del medievo, aunque creyera en
ese cosmos, también podía advertir y elogiar su perfección
Hace lo mismo, pues, que Tolkien en *El Señor de los Anillos*,
que Milorad Pavic en su hermoso *Diccionario jázaro*, que Italo
Calvino en *Las ciudades invisibles*: escribe un libro que,
mediante el pensamiento claro, recrea este mundo y lo examina
desde un punto de vista nuevo y sorprendente.

A David Huerta, maestro excelente, debo la noticia de este libro
de C. S. Lewis.

copyright (c) Alberto Chimal, México, 2002




Dom, 27 de Oct, 2002 3:57 am

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